"Las mujeres de Garibaldi"

de Fernando Pannullo (de una idea de Fatima Scialdone)

Hablar de la “privacidad” de Garibaldi, nos ha parecido, inicialmente, un proyecto inaccesible, debido a los estrechos vínculos entre su vida privada y los acontecimientos de la historia nacional e internacional, que la han condicionado abundantemente.
Pero, excavando y hojeando entre las biografías y leyendas que lo rodean desde ya más de un siglo, hemos logrado aislar piezas “personales”que prescinden a la época militar y que lo han coronado como mito y, sobre ellas, hemos enfocado las cuatro o cinco historias sobres las cuales está basado el espectáculo de Fatima Scialdone.

Cuentos, o mejor dicho, pequeños monólogos, confiados a la mamá Rosa, que nos ilumina sobre Garibaldi, jovencito en Nizza y en sus primeros viajes por mar; a Antonietta di Pace, que nos habla de su corta y tormentosa estadía en Nápoles; a Battistina, su sirvienta – esposa por algunos años, quien describe la ruda e incomoda vida en la isla de Caprera introduciendo dos figuras de amigas entre las más importantes que haya tenido: la inglesa Roberts y la alemana Swarz, comprometidas frecuentemente en operaciones belicas y diplomáticas; y no por ultimo a Anita, recordada en la pesadilla (cauchemair) de un Garibaldi moribundo, al cual recuerda con bromas en sus juventudes movidas y las aventuras militares en Uruguay.
Son historias que no respetan el orden cronológico de los hechos,  sirven, pero,  para focalizar un “intimo”, un “particular”, en parte desconocido, que emiten una imagen no distorsionada del gran general, pero seguramente distinta de las hagiografías tradicionales.
Develando pensamientos insospechables y “líos privados”, viene, como sea, confirmada la grandeza de animo del general, su pureza de intenciones, el amor por la independencia de los pueblos a pesar de las latitudes y la férrea oposición a todas las especies de tiranía. Se transluce, muy claramente, la generosidad anímica, la inocencia, la fe absoluta en la libertad, una cierta tosquedad e ingenuidad, el amor por la tierra, por la casa, a pesar que estuvo siempre en pie de guerra, el deseo, realizado sólo al final, de una vida austera y rustica, pero sana; valores radicados muy profundamente en él, que trasmitió a sus generaciones. Y sobretodo el amor por las mujeres, que posicionaba entre los valores más alto de su vida.
La mujer, como diosa en la tierra, depositaria de valores espirituales imprescindibles, designada a ser su compañera de fe y de vida.
Siempre deseó tener una mujer a su lado, como compañera estable, como “alter ego”, como complemento de una personalidad compleja, ama de casa, madre de sus hijos y, como en el caso de Anita, compañera de guerra y también como “soldado.”

Este gran deseo, le hizo cometer muchos errores; su tempestividad en pedir una unión estrecha era, a veces inoportuna, sin duda equivocada; debido sobretodo a las condiciones económicas y de vida que podía ofrecer; cuando no estaba en guerra, se empeñaba en la cría de animales, en trabajos del campesino que ama su propia tierra; situación que sin duda no era para mujeres cultas y del nivel de vida de lujo que a menudo había cortejado.

Además, están los millares de mujeres que lo han aclamado en cada pasaje, centenas que lo han seguido como enfermeras, mensajeras, vivanderas, exponiendo sus vidas.
Decenas de “patronas”, mujeres de la alta burguesía, que iban por las provincias recaudando fondos para la empresa garibaldina y promoviendo las ideas de independencia y libertad.

Mujeres por él correspondidas con estima, afecto y siempre puestas en gran consideración.  “Siempre las he considerado como la más perfecta de las criaturas”, escribía Garibaldi y siempre fue coherente con esta afirmación.

Por otro lado estuvieron también las “victimas”: las mujeres de los muertos del otro bando, las mujeres de los campesinos rebeldes perseguidos come bandidos, las mujeres de los fusilados de Bronte, dejados podrir por largo tiempo y sin sepultura, cuyo drama hemos vuelto a escuchar en las estupendas canciones populares y que no se pueden olvidar.

En cuanto a la estructura, el espectáculo alterna la series de monólogos con celebres  canciones garibaldinas y patrióticas, ingresadas también en el mito (“Inno a Garibaldi”, Addio, mia bella addio”, “ La bella Gigogin” ecc..), canciones de época (Te voglio bene assaie”, “La paloma”, La tarantella di Rossini”), poesías referentes al periodo y a temas del grande Verdi que le dan un contorno maravilloso.

A pesar del “fuera de época”, el homenaje a Anita con la encantadora canción de Sergio Liberovici “ Morte di Anita” evoca atmósferas conmovedoras.

 

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